Las autoridades guatemaltecas han advertido que los daños causados por la tormenta tropical Agatha en el país podrían superar a los provocados el huracán Mitch en 1998 o la tormenta tropical Stan, que azotó Centroamérica en 2005.
El primero dejó unos 834 muertos en el país, pero más de 19.000 en toda la región, la mayoría de ellos en Honduras y Nicaragua. La tormenta tropical Stan, por su parte, se cobró oficialmente la vida de por lo menos 1.600 centroamericanos, aunque hay estimaciones que afirman que sólo en Guatemala el número de muertos superó los 2.000. Ambos fenómenos naturales también causaron multimillonarias pérdidas materiales en toda la región. Y no son, ni por cerca, los únicos ejemplos de muerte y destrucción producidas por las lluvias en América Central.
Desde la Fundación Anesvad nos preguntamos, ¿Por qué Centroamérica es tan vulnerable a las inundaciones?
La respuesta responde a una ecuación más sencilla de lo que parece. Centroamérica es una zona de pobreza, en algunos casos, de pobreza extrema, un determinante claro de una mayor vulnerabilidad. La población se asienta en demasiadas ocasiones en zonas de riesgo, con importante deforestación, e incluso a orillas de ríos y en laderas de montaña con altas probabilidades de derrumbes y deslaves. Las personas más expuestas, las más pobres, son las obligadas a asentarse en estos lugares. Lo más grave por tanto es que estos desastres se repiten año tras año y sus consecuencias devastadoras también.
Las comunidades más desfavorecidas sufren, de manera desproporcionada pérdidas irreparables, y se sabe que ese momento va a llegar. Porque las autoridades conocen que cada invierno, con la llegada de tormentas y huracanes, los desastres naturales y humanitarios están asegurados. Por eso, desde la Organización de las Naciones Unidas, el Director de Estrategia Internacional para la Prevención de Desastres, Sálvano Briceño apunta a que estos desastres “tienen que ver con la escasez de recursos, pero no sólo. También se relacionan con las concepciones y las prioridades políticas”. Briceño insiste en que hay que priorizar la reducción de riesgos, frente a las respuesta a las emergencias. Y concluye que “una mayor inversión en los denominados sistemas de alerta temprana también podría reducir el número de víctimas de manera significativa”.
miércoles 2 de junio de 2010
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